martes, 9 de abril de 2013

Muerte

Estaba sentada en la vereda, le tocaron el hombro, regresó a ver y era la muerte, quien sonríendole le dijo: 
-¿Disculpa, tienes una monedita?...-

Ella se limitó a responderle la sonrisa, le mostró la mano, pidiendo ayuda para pararse. La figura alta y oscura extendió una mano huesuda y la levantó. Cuando estuvieron de frente, la chica analizó el panorama, sin perder un solo detalle y cuando terminó, dijo: 

-No tengo, pero si me buscabas a mí, estoy más que dispuesta a irme con vos-.

La Calavera abrió la boca, en señal de asombro y respondió:

-No, solo quería juntar el dinero para comprar tabacos, necesito fumarme uno. No tuve un buen día, se me escaparon cuatro personas.-

Su cara afligida mostraba preocupación, por lo que la chica le agarró de la mano, entrelazando sus dedos y le tiró fuerte, dando un paso hacia delante y dijo:

-Pues no hay que estresarse sin motivos, yo tengo tabacos y me voy con vos, fin de la discusión-.


Y así, desaparecieron, caminando y riendo, en medio de la noche, como una pareja, sin mirar atrás; en paz...

lunes, 3 de septiembre de 2012

¿es suficiente?

¿CUÁN....

...TAS lágrimas alcanzan para desahogarlo todo?
...TAS noches en vela recuperan lo perdido?
...TAS personas harán que olvides o cambies?
...TAS veces sentiste que lo superaste, pero en el fondo no?
...TAS cosas se tuvieron que decir para que todo fuera de esa manera?
...TAS situaciones incómodas acumularon negatividad? 
...TAS 'últimas veces' viviste?
...TAS veces te rendiste?
...TAS mentiras existieron?
...TAS veces te mordiste la lengua y guardaste tus pensamientos?
...TAS horas y lunas te harán recuperar las ganas?


...TOS ojos vieron lo que tú no?
...TOS nombres presenciaron lo que no querías?
...TOS días perdiste ilusionada?
...TOS 'no' dijiste?
...TOS pensamientos debes tener para que termine?
...TOS intentos fallidos dañaron más las cosas?
...TOS reproches borran lo bueno?
...TOS desplantes fueron necesarios?

...TO tiempo pasará hasta que se encamine todo?


NO tengo ninguna respuesta a estas preguntas, me limito a pensar y tratar de hacer lo que está a mi alcance para que algunas desaparezcan.


sábado, 25 de agosto de 2012

¿Concretamos?

Dejar pendiente, dejar pasar, vuela el tiempo...no se recupera nunca y nada será igual... O cambia, o se va al diablo...

jueves, 9 de agosto de 2012

Pesadilla


Nada como despertarse asustada, luego de semejante pesadilla, soñé que el Gobierno de la ciudad de Buenos Aires le contrataba a Ricardo Arjona y llenaba la ciudad de pantallitas con la cara del tipo hablando y pancartas promoviendo la ecología y protección ambiental. Me parece genial el tema ecológico, pero el susto era verle la cara y escucharle a un tipo tan horrible en cada esquina, lo peor de todo, es que se le oía al tipo decir: piensa, actúa antes de lastimar.... ¡y cantaba una canción horrible!,  había propagandas en la tele...y yo me quería pegar un tiro ¡síí!; en el subte habían letreritos que decían: 'Arjona nos apoya, únete a la causa...'.

Fufurufa

En algunos países de Sudamérica, significa "prostituta".

Para una palabra tan bonita como fufurufa, debería haber un significado más agradable y no tan denigrante, o también, puede ser que la verdadera fufurufa tenía otra profesión y fue malinterpretada por la sociedad, uno nunca sabe. Bueno, lo cierto es que a mí me gusta esa palabra y propongo el darle otro uso, no es una palabra de uso común, pero podríamos utilizarla para definir a una mujer alegre, graciosa y querida por la gente. Esta palabra se merece respeto, es simpática, y no lo nieguen, hasta es chistosa. Sería  justo y necesario que mi petición fuera apoyada y así difundiríamos algo positivo y no un insulto. ¡HE DICHO! jajaja....

Fantasmita


-¡Mírame, no me dejes hablando solita!-dijo la niña.

El pequeño abrió sus ojitos, la vio y sonrió, ella le estaba dando besitos, pero él no los podía sentir. La nena seguía sin entender qué pasaba, se desesperaba por que su hermanito sintiera el amor que le estaba transmitiendo. Su madre entró en la habitación y encontró a su hijito de dos años riendo a carcajadas, ella sonrió, lo tomó en brazos y lo colmó de besos. Se dijo a sí misma:

 -Me recuerda a su hermanita cuando tenía la misma edad, antes de que enfermara-.

Se dirigió a la habitación y recostó al niño en la cama, junto a su padre, quien despertó y se sentó a su lado, él, acercó su cara a la frentecita del pequeño y le dio un beso, pensando: -No puedo creer la felicidad que me da el saber que está sano y no lo vamos a perder, como a ella-.

EL ALMOHADON DE PLUMAS por Horacio Quiroga


Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.
Durante tres meses -se habían casado en abril- vivieron una dicha especial.
Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.
La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso -frisos, columnas y estatuas de mármol- producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.
En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.
No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.
Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.
-No sé -le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja-. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada... Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.
-¡Jordán! ¡Jordán! -clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.
-¡Soy yo, Alicia, soy yo!
Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.
Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.
-Pst... -se encogió de hombros desalentado su médico-. Es un caso serio... poco hay que hacer...
-¡Sólo eso me faltaba! -resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.
Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.
Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.
Alicia murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.
-¡Señor! -llamó a Jordán en voz baja-. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.
Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.
-Parecen picaduras -murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.
-Levántelo a la luz -le dijo Jordán.
La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.
-¿Qué hay? -murmuró con la voz ronca.
-Pesa mucho  -articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca -su trompa, mejor dicho- a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.